Es la competencia, estúpido

Siempre me gustó el lema que se popularizó en la campaña que llevó a Bill Clinton a la presidencia en 1992. Aunque formaba parte del argumentario interno de su equipo de campaña, trascendió al exterior y tuvo un éxito más que notable, y como se dice en la wiki se ha convertido en un snowclone. Yo mismo la uso con frecuencia. En época electoral siempre pienso que votaría al candidato que llevara como eslogan “es la educación, estúpido”. También lo he usado aquí para referirme a las normas que innecesariamente complican las cosas.

A lo que iba. Advierto, por supuesto, que no se puede prejuzgar nada y que debe respetarse el principio de presunción de inocencia, pero no puedo dejar de subrayar la conexión. Leo en la prensa de hoy que en las investigaciones que se llevan a cabo en Sabadell, los sectores que están bajo sospecha junto a la sempiterna adjudicación de obras públicas son servicios funerarios y recogida de basuras. Lo primero que me viene a la cabeza: vaya, justo donde menos competencia hay. Sobre servicios funerarios, véase Francisco Marcos El coste de la muerte. Competencia y Consumo En El Mercado de Servicios Funerarios y también el Estudio sobre los servicios funerarios en España

No es casual que Tony Soprano se dedicara a la gestión de residuos. Como tampoco lo es que desde On the waterfront (La Ley del silencio) a la segunda temporada de The Wire lugares como el puerto y los servicios portuarios, donde la competencia es deficiente, se hayan convertido en escenarios ideales para tramas similares a las que hoy nos han suscitado esta reflexión.

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Una respuesta to “Es la competencia, estúpido”

  1. Rafael Says:

    Pues sí, una de las claves es, seguramente, la competencia. Quizás fuera bueno pensar qué hacemos en aquellos sectores en los que la competencia no existe o, incluso, es imposible que exista porque tan solo dos o tres (o cuatro o cinco) operadores pueden actuar (Telecomunicaciones, Bancos -en la actualidad- energía). Ya sé que se me dirá que el hecho de que haya pocos operadores no ha de impedir una auténtica competencia; pero, seamos serios, hace tiempo que dejé de creer en los Reyes Magos y en el control público sobre los grandes operadores privados. En los últimos años hemos asistido a estafas, acuerdos de reparto de mercado o de determinación de precios, etc. La competencia está bien en aquellos ámbitos en los que puede operar prácticamente sola porque el número de operadores es alto; cuando el regulador ha de estar constantemente encima quizás fuera más rentable eliminarla (la competencia) y volver al control público directo que permite utilizar los mecanismos propios del Derecho administrativo para velar porque los intereses de todos, esto es los intereses públicos, sean respetados. Hace diez años proponía a la hora del café la nacionalización de la banca. Se me llamaba rojo peligroso y se me recordaba que el Muro de Berlín hacía unos años que había caído. En los últimos tres o cuatro años hemos sufrido con crudeza las consecuencias de dejar la economía en manos del mercado. Hace falta repensar muchas cosas, muchas, y partir de la evidencia: quizás el mercado funcione de forma correcta en algunos ámbitos; pero desde luego no es este el caso en el sector financiero ni en el energético ni en el de las telecomunicaciones, por ejemplo.

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