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La normativa

16 enero 2015

 

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1. El otro día fui a un estanco a recargar un encendedor de cocina -como el de la foto-. Tenía la vaga idea de que allí hacían eso. El encargado me miró con gesto conspirador y me dijo: “Ahora no podemos hacerlo. Hay una nueva normativa que nos lo prohíbe“. Así que sacó un tubo de gas -como el de la foto- y me dijo que vendían esto.

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Después de un rápido cálculo mental -para que luego digan de los de letras- concluí que aunque los 3,5 € que me costaba el tubo era un precio ligeramente abusivo me convenía cerrar allí mismo la transacción. Sobre todo ante la alternativa de volver a casa con mi misión fracasada y tener que peregrinar por otros estancos -o establecimientos mercantiles de rango inferior- en busca de la carga. Aún así el subversivo estanquero se apiadó de mi y me dio una lección de como recargar. Eso sí, mirando de reojo la puerta –si ahora viene un inspector …- dijo dejando la frase en el aire, haciendo aún más amenazadora la posible visita. La cosa tiene su dificultad. Primero hay que sacar el aire que queda dentro. Luego hay que ir cargando poco a poco, con precisión de cirujano. Mientras impartía su lección volvió a mencionar “la normativa” al menos un par de veces. “La normativa” en cuestión debe estar sin duda patrocinada por el poderoso lobby de vendedores de sprays recargadores de gas. Porque no se me ocurre otra razón para explicar que una actividad que yo probablemente realice una vez cada tres años -basándome en mi experiencia anterior- y para la que evidentemente no estoy preparado, se prohíba realizarla en el establecimiento mercantil y en cambio se fomente trasladarla al domicilio del consumidor. Acuérdense de esto cuando a la jurisprudencia de responsabilidad por producto se añadan a las sentencias que ya existen sobre sprays sin instrucciones las de los casos de compradores involuntarios de recargas de gas. Bien pensado, puede haber otra razón: que la normativa no exista y el estanquero tenga por lema “la ignorancia de la ley que no existe no exime de infundir el temor de su incumplimiento”.

 

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2. Repasando mis extractos -los bancarios, no los de las Resoluciones de la DGRN- me percato de un cargo de 60 € en concepto de Cuota Renovacion Tarjeta, escrito así, tal cual. Andan escasos de espacio y tampoco les interesan las tildes. Cuando visito mi oficina se lavan las manos delante mio -eso sí, admiten además que la cantidad excede de la normal- y me dan -también con gesto de conspiradores y mirada de “porque eres tú”- un teléfono al que llamar. Cuando llamo me hacen teclear diversas opciones, paso por por un circuito de “pulse uno y si no pulse dos y si no, espere” al final del cual se supone que ya deben saber exactamente lo que me pasa. Pero no, al llegar al final lo tengo que explicar todo. Me dicen que para prestar un mejor servicio (sic) esta conversación va a ser grabada, y me lo anuncian en cumplimiento de “la normativa”. Ya estamos, pienso yo.

(Continuará)

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7 febrero 2012

Ahí estábamos mi mujer y yo, mirándonos en silencio. Detrás de la mesa justo enfrente nuestro, el señor de traje oscuro y la corbata mal anudada que ni siquiera se molestaba en forzar una sonrisa. Ibamos a firmar con cara de circunstancias, era el reverso del momento anterior cuando todo era alegría y parecía que el futuro iba ser espléndido. Lo que recuerdo más de ese momento es lo frio que fue todo. Como si no fuera con nosotros.

Leimos detenidamente los papeles, y me acordé de aquello -seguramente se lo escuché a Alfaro- de las condiciones generales, que casi nadie las lee, y si hay alguien que las lee probablemente no las entienda, y a los pocos que superan ese filtro si intentan negociar algo se les invita amablemente a salir por la puerta. Se irán al lado, a la competencia y se encontrarán con las mismas o muy parecidas condiciones.

Esta vez lo leí todo, por la cuenta que me traía, lo entendí -y me niego a admitir otra cosa en público- pero no había nada que negociar. Firmamos los dos. Nos levantamos y casi sin despedirnos nos fuimos cada uno por nuestro lado. Yo tenía clase y ella llegaba tarde al trabajo. Mientras conducía iba ensayando mentalmente como empezaría mi discurso: “Ayer estuvimos hablando de los derechos de los accionistas, y justo había acabado hablando del artículo 306.2 de la Ley de Sociedades de Capital, que establece que en las sociedades anónimas los derechos de suscripción preferente serán transmisibles en las mismas condiciones que las acciones de las que deriven. De hecho yo ahora mismo vengo del banco y acabo de vender los míos”.